LA INFANCIA SEGÚN BARBARA SEGURA
La infancia para mí
es un momento de nostalgia. Es el mirar al pasado y añorar el regreso a esa
época más sencilla. Es la etapa que dura menos y sin duda bastante dura; todo
es nuevo y divertido, pero cuando comienza a cobrar sentido deja de ser lo que
era.
Toda esa recopilación de recuerdos
(situaciones que viste en fotos o cosas que te contaron) es lo único que queda
después de la infancia. Ese conjunto de imágenes, recuerdos prefabricados y
memorias, fueron de los años más bonitos que uno puede tener. Siempre que veo
atrás no me arrepiento, me gusto haber sido esa niña feliz.
Ese interés que tenemos por las cosas
ajenas, por ejemplo: si me gusta es mío, si lo tengo yo es mío, si te lo puedo
quitar es mío, pero si está roto es tuyo. Al crecer junto con mis hermanas una
cuatro años más grande y otra casi tres años más chica, aprendí muchísimas
cosas. Eso de vivir con puras mujeres no es muy fácil.
Como siempre he sido muy activa
siempre fui una niña con muchos hobbies, practicaba dos deportes al mismo
tiempo, que a la larga los cambie a ambos por el flamenco, que se intercalaba
con clases de pintura y de costura.
A lo que trato de llegar con todo
esto, es que por ser la hija de en medio (y ya entreviste a más gente que creció
en la misma situación que yo) mis papas me ponían menos atención, no me
ayudaban con mis tareas, porque veían que podía pero iban detrás de mis
hermanas ayudándolas con todo así que desarrolle tantos hobbies porque tenía
que entretenerme yo sola. Pero no es algo que me moleste, creo que por eso para
mí es muy fácil tomar decisiones.
Parecer ser que en la infancia
seguimos en una incubadora de personalidad, cada acontecimiento te va moldeando
hasta que un día te das cuenta que ya creciste y no puedes regresar a esa
inocencia. Existe este límite invisible que no te permite regresar a esta
infancia. La infancia se relaciona mucho con la inocencia porque todos cuando
nacemos venimos en blanco y cuando comenzamos a ser consientes parece que
alguien va escribiendo nuestro trayecto, pero solo las cosas que en verdad nos
marcan.
Muchas veces no se dan cuenta nuestros
padres, de la magnitud de su influencia hacia nosotros. Ya cuando no hay vuelta
atrás ya no dicen nada, al principio supongo que decían: “son gestos de su
papá” o “eres igualita a tu mamá”. Terminamos siendo una mezcla de ellos más
otra pizca de lo que nosotros recogimos en ese trayecto ( como una pelota de
plastilina que ellos tuvieron en sus manos y después la lanzaron por una colina y fue recogiendo todo en el
camino).
A un infante no le importa que le has
hecho a otros, no tienen prejuicios, están dispuestos a aprender y son felices
cuando logran algo; en cambio cuando uno crece todos estos prejuicios impiden
muchas veces que tengamos ganas para aprender o lograr cosas. La mente de un
infante es mucho menos compleja porque aún no han vivido muchos descontentos.
Veo a mi primo de seis años y veo al de once, y puedo ver que el de once tiene
una mirada distinta ya nada le asombra mientras que el de seis sigue
disfrutando plenamente y todavía es más fácil de impresionar.
¿Por qué tenemos que dejar esa
inocencia atrás?
Parece ser que la infancia nos sirvió
como un punto de arranque
Existen muchos factores porque la
gente termina siendo como es, y la mayoría de la personalidad de uno empieza en
esos primeros años de la vida. Algo que aún no logro comprender es que si es
verdad que traemos nuestra personalidad en los genes de nuestros padres. Tarde
o temprano uno se va dando cuenta lo mucho que asimila a uno de sus padres.
